lunes, 17 de agosto de 2020

Coronavirus: aerosoles, mala ventilación y mascarillas deficientes aumentan riesgo de contagio


Partículas que flotan en el aire, los llamados aerosoles, juegan un papel en contagios de coronavirus. Hay nuevos datos sobre este tema, así como sobre las mascarillas protectoras.


Científicos estadounidenses confirmaron en experimentos que los aerosoles emitidos por personas infectadas con el nuevo coronavirus pueden contener partículas intactas del virus , es decir, patógenos de COVID-19 que son potencialmente contagiosos. Los aerosoles son partículas diminutas transportadas por el aire que permanecen en el aire durante mucho tiempo, y se producen cuando respiramos, tosemos, hablamos y estornudamos.

Investigadores de la Universidad de Florida en Gainesville encabezados por John Lednicky examinaron muestras del ambiente alrededor de dos pacientes con COVID-19 en una habitación de hospital. Se encontraron partículas activas de SARS-CoV-2 incluso en muestras de aire tomadas a una distancia de casi cinco metros de los pacientes. Análisis genéticos confirmaron que estos aerosoles provenían de los pacientes con síntomas respiratorios de COVID-19, descartándose que hubieran sido llevados a la habitación desde otra área de la clínica.

Sin embargo, el análisis no emite conclusiones sobre si la carga viral en las muestras de aire era suficiente para infectar a otras personas. Pero los eventos superpropagadores, como ensayos de coros, han indicado desde hace mucho tiempo que las partículas de virus en aerosoles pueden infectar a muchas personas en el entorno inmediato. El estudio aún no se ha publicado en una revista especializada y, por lo tanto, no ha sido revisado por expertos independientes.

Sana distancia: dos metros puede no ser suficiente

En general, el riesgo de infectarse con el coronavirus es mucho mayor en habitaciones cerradas que al aire libre, donde las partículas pueden evaporarse más rápidamente. En su estudio, los investigadores de Florida señalan que mantener una distancia segura de uno y medio a dos metros en habitaciones cerradas puede transmitir una falsa sensación de seguridad.

Un ejemplar de coronavirus COVID-19, rodeado de otros agentes patógenos

La Oficina Federal de Protección Ambiental de Alemania también considera que los aerosoles son una posible ruta de transmisión del virus. Para reducir el riesgo de infección, la Agencia Federal del Medio Ambiente recomienda realizar ventilación transversal o ventilación por intervalos en el interior después de cada tos o estornudo. Esto se aplica no solo a apartamentos, sino también a oficinas y aulas.

El organismo, que cuenta con una comisión específica dedicada a la higiene del aire en espacios interiores, también aconseja que las escuelas ventilen "intensamente con las ventanas abiertas de par en par" durante cada receso, a más tardar después de 45 minutos de clase.

Las salas en las que se practican deportes deben ventilarse con frecuencia mucho mayor; la comisión recomienda cinco veces por hora o más. Si, por ejemplo, hay muchas personas en la misma habitación debido a una visita familiar, la ventilación también debe realizarse varias veces.

Manita levantada, mascarilla preparada: la nueva realidad en las aulas alemanas

Sin embargo, mantener las ventanas permanentemente semiabiertas no es suficiente en habitaciones muy pobladas. El aire fresco es necesario en estas situaciones, independientemente de otras medidas de protección como la distancia de seguridad, o normas de higiene como cubrirse la boca y la nariz.

Hay mascarillas y mascarillas

No todas las mascarillas protectoras son igualmente efectivas para retener los aerosoles contaminados con virus cuando alguien exhala o habla: mientras que las mascarillas quirúrgicas son extremadamente efectivas, las bufandas no lo son tanto. Este es el resultado de una comparación científica de 14 tipos diferentes de mascarillas, publicada por la revista "Sciences Advances".

Para la prueba, los investigadores de la Universidad de Duke en Durham (estado de Carolina del Norte, en Estados Unidos) utilizaron un método sencillo: hicieron que las personas dijeran cinco veces seguidas, en una habitación oscura, con diferentes mascarillas y también sin llevar ninguna, la frase "Manténganse saludables, gente". Pronunciaron la frase directamente frente a un proyector láser, y grabaron las imágenes con una cámara. Luego, con ayuda de una computadora, un algoritmo contó el número de gotas expulsadas en cada situación.

Mascarillas tipo FFP2 son producidas en una fábrica de Turingia

Las máscaras de protección respiratoria del tipo N95 (máscaras FFP2 en Europa) obtuvieron los mejores resultados. Los aerosoles se redujeron a menos del 0,1 por ciento de la cantidad emitida sin máscara, según el estudio. Las mascarillas quirúrgicas interceptaron más del 90 por ciento. Las máscaras de algodón auto-cosidas todavía filtraban entre el 70 y el 90 por ciento de las gotas, dependiendo de la cantidad de capas de tela y pliegues que tuvieran.

Por el contrario, las bufandas dejan pasar alrededor de la mitad de las gotas en los aerosoles. Una bufanda tubular hecha de vellón polar tipo "fleece" resultó peor: según los investigadores, incluso aumentó la cantidad de gotas emitidas, posiblemente porque la tela solo partió las gotas más grandes en gotitas pequeñas.

EL (dpa, afp, Umweltbundesamt.de, medrxiv.org)

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lunes, 10 de agosto de 2020

Nueva respuesta derecho de petición

 Sigue siendo ambigua, lo único nuevo, es que no viene el comentario del Secretario Jurídico de la alcaldía:

 En cuanto a las acciones de certificar, capacitar, tecnificar, y comercializar las artesanías, esto está considerado en la Ley 36 de 1984, Decreto Reglamentario 258 de 1987 y Decreto 1074 de 2015 disponiendo que, para el evento de certificación y registro en procura de la profesionalización de los artesanos, se deberá hacer conforme al índice de oficios artesanales elaborado por el Sena, y quien otorgara el registro nacional de artesanos será Artesanías de Colombia S. A., así como de las organizaciones gremiales de artesanos.”

 Este comentario se lo refute en mi último derecho de petición; ya que la ley anti-tramites, es más una guía, mientras que el acuerdo es una ley municipal, por lo tanto es de obligatorio cumplimiento. 


A continuación la respuesta:

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domingo, 12 de julio de 2020

Coronavirus: una teoría conspirativa (contra las teorías conspirativas)



 La industria de la carne tiene un rol protagónico en la expansión de enfermedades zoonóticas, como el coronavirus, a nivel global.

Por: Jorge Enrique Forero*

Como mucha gente, y pasadas las ocho semanas de confinamiento forzoso, yo también he arropado mi propia teoría conspirativa acerca de la actual pandemia. Y aunque no es única, al menos tiene frente a sus competidoras el mérito de fundamentarse en información y evidencia científica. La llamo conspirativa no porque afirme que en el origen de la pandemia se encuentre una conspiración; sino más bien porque supone que, de haber una, es aquella que intenta desviar nuestra atención sobre sus causas, al parecer ya claramente establecidas. La pongo a consideración de ustedes a fin de que juzguen su consistencia y factibilidad.

En octubre del 2019, y bajo la tutela de Bill Gates, el Centro John Hopkins para la Seguridad en Materia de Salud organizó un evento en el que se simulaba una emergencia global, desencadenada por un virus con características muy similares a las del Covid-19. Ese hecho generó suspicacias, pues ocurrió justo dos meses antes de que los primeros casos de aquel fueran identificados en la provincia de Wuhan, China. La coincidencia sirvió para la difusión de teorías que han vinculado al multimillonario con la supuesta fabricación del virus y su respectiva vacuna, que incluiría la inoculación de un chip controlado mediante la tecnología 5G.

El problema con ese tipo de teorías es que suponen que Bill Gates fue el único en predecir la pandemia. Lo cierto es que no, ya se habían emitido advertencias similares. Por ejemplo, en el 2017, cuando lo hizo el Dr. Anthony Fauci, actual director de la comisión gubernamental en los EE. UU. a cargo de esta última. También lo dijo la Dra. Shi Zheng Li, experta en coronaviruses (en plural), quien luego de rastrear el origen de aquel que generó el SARS —que cobró la vida de cerca de 800 personas en el 2003—, publicó junto con un grupo de colegas un artículo (también en 2017) en el que advertía sobre una inminente pandemia, originada por un virus con características similares.

Estoy mencionando solo los casos más notables; en la misma dirección, decenas de epidemiólogos han lanzado advertencias similares desde hace casi tres décadas. Mi teoría, aunque conspirativa, no supone una confabulación intencional para fabricar y diseminar un virus mortal, cuyos autores van dejando pistas obvias sobre sus planes a la vista de todo el mundo. No. Más bien intenta explicar cómo es que pudieron predecir el actual brote y, sobre todo, por qué no estábamos al tanto de sus advertencias. 

¿Cómo pudieron predecir la actual pandemia? En el mundo de la ciencia, una predicción es la identificación de una tendencia, en este caso un notable incremento de las enfermedades llamadas ‘zoonóticas’: aquellas que se transmiten de animales a humanos (como el Covid-19). Estas enfermedades son un fenómeno milenario y bien conocido: por ejemplo, la aparición de la viruela y el sarampión ha sido asociada a la domesticación de ganado vacuno hace miles de años; o la de la gripe común, que se relaciona, al parecer, con la temprana domesticación de aves. 

El caso es que en las últimas décadas se ha detectado una considerable expansión de este tipo de patologías, y que hoy representan aproximadamente el 70 % de las enfermedades que aquejan a la especie humana. Entre las más conocidas se encuentran el sars, el sida, el ébola, la gripe aviar y la gripe porcina. De hecho, dos factores han sido identificados por las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud como responsables de este inusitado y peligroso incremento: la alta producción y el consumo de carne y derivados lácteos y un aumento en la devastación de bosques, selvas y otros territorios vírgenes.

El rol de la producción de carne en esta alarmante expansión de enfermedades zoonóticas está asociado con su industrialización, desencadenada por un notable incremento en su consumo a nivel global. La producción mundial de carne pasó de 71 millones de toneladas, en 1961, a 341 millones de toneladas en el 2018. El tamaño de esa industrialización implicó aglomerar animales de la misma especie en espacios muy reducidos, favoreciendo el rápido contagio de cualquier enfermedad en condiciones en las que, además, estas pueden ‘saltar’ a la especie humana.

Es el caso, por ejemplo, de la ‘gripe aviar’, cuya variedad H5N1 alcanza una tasa de mortalidad del 50 % en humanos y que reapareció recientemente en China —un hecho que pasó desapercibido por el Covid-19—; también de la ‘gripe porcina’, cuya cepa H1N1 —originada en México en 2009— causó la muerte de  más de 19.000 personas (se cree, dicho sea de paso, que la famosa y mal llamada ‘gripe española’ —que mató entre 20 y 50 millones de personas hace un siglo— fue originada por una cepa de este virus). Para agravar la situación, los productores utilizan grandes cantidades de antibióticos para frenar la expansión de enfermedades entre las densas poblaciones de animales, lo que ha propiciado el desarrollo de superbacterias resistentes a estos, que pueden terminar afectando a nuestra especie.

La segunda causa del inusitado incremento de enfermedades zoonóticas es la invasión de seres humanos en ecosistemas vírgenes o semivírgenes, donde habitan especies —y sus respectivas enfermedades— con las que hemos tenido escaso o nulo contacto hasta ahora, y contra las que no tenemos anticuerpos. Justo ese fue el caso del ébola y del sida, cuyos brotes se habrían desencadenado por la caza de chimpancés en regiones remotas de África.

Existe una conexión causal entre el consumo de carne y la invasión de los ecosistemas: el mayor motor para la deforestación es la búsqueda de tierras para el pastoreo de ganado o para el cultivo de la soya y otros insumos utilizados en la alimentación. Esto significa que, en última instancia, el principal factor para la aparición de enfermedades zoonóticas es el consumo de carne y el sistema de producción que le abastece.

Este parece ser el caso con el Covid-19. China es el mayor productor carne del mundo y la ciudad de Wuhan, donde se ha situado el origen pandemia, es también una zona de producción cárnica. La creciente expansión en la producción industrial de ganado en la región ha desplazado a pequeños granjeros hacia el comercio de carne de animales silvestres, forzándolos a abastecerse en zonas remotas donde habitan especies como aquella que sirvió de intermediaria (probablemente el pangolín) entre el murciélago herradura —de donde proviene el Covid-19, según todo parece indicar— y los seres humanos.

En ese escenario, la responsabilidad no recaería solo de las empresas chinas, pues muchos de los grandes productores de carne en EE. UU. y Europa ejercen las mismas prácticas. De hecho, grandes inversores del sector de la carne allí son extranjeros. Es el caso del banco Goldman Sachs, uno de los responsables de la crisis del 2008, que decidió en aquel entonces desplazar parte de su capital hacia el rentable negocio de la producción avícola en el gigante asiático. 

Un dato que —de nuevo— señala a esa industria es que sus instalaciones son líderes en el contagio del Covid-19: en EE. UU. Para mayo, prácticamente uno de cada dos casos nuevos tenía conexión una planta cárnica. En Alemania, una planta de Tönnies —una las compañías cárnicas más grandes de Europa— fue responsable de la cuarentena de cerca de 7.000 personas, luego de que más de 1.300 de sus trabajadores dieron positivo para Covid-19. Casos similares han ocurrido también en Reino Unido, España, Francia y otras países de la Unión Europea. 

En esta industria, las condiciones de trabajo combinan el hacinamiento de los trabajadores con un ambiente frío y húmedo que, aunado al calor que emana de los animales sacrificados, genera una neblina muy favorable al contagio del Covid-19. Durante décadas, los gigantes del sector han pasado por alto las consecuencias sociales y ambientales de sus actividades productivas, y ahora somos nosotros quienes tenemos que pagar por ellas.

Si las causas que condujeron al brote del Covid-19 han sido identificadas, ¿cómo es posible que aquellas sigan ausentes del debate público? Y, por supuesto, ¿quiénes estarían interesados en desestimar esa información? Estamos hablando de una de las industrias más poderosas a nivel global, que mueve alrededor de 1.4 billones de dólares al año, y que tiene un notable poder político en casi todos los países. ¿No es concebible que haya un plan deliberado, por parte de estos actores, para alejar el foco de atención de las causas reales de la actual pandemia?

Los gobiernos de los tres mayores productores de carne a nivel mundial: China, EE. UU. y Brasil —de distintas maneras— han operado como antagonistas de la ciencia. En abril, el gobierno chino emitió una orden a las universidades y centros de investigación, según la cual todo artículo científico en torno al origen del Covid-19 debía ser revisado y aprobado por funcionarios del Ministerio de Ciencia y Tecnología previo a su publicación. Al mismo tiempo, dio un plazo de tres días a quienes desarrollaban investigaciones en torno al virus para reportar sus actividades en este ministerio. 

En países donde aún opera una democracia formal, una medida como esa es prácticamente imposible. Es por esto que la estrategia escogida por los otros gobiernos en cuestión ha sido distinta. Entre paréntesis cabe recordar que tanto Jair Bolsonaro (recién diagnosticado positivo por Covid-19 y sobre quien ahora hay más expectativa alrededor de su discurso de la “simple gripa”) como Donald Trump han tomado medidas decisivas para apoyar la industria cárnica, sin importar los costos ambientales ni los efectos para la salud pública. Ambos han sido actores clave en la difusión de noticias falsas y teorías conspirativas, en articulación con otros actores de la extrema derecha internacional. Aliados políticos de Trump están entre los principales creadores y difusores de contenidos de este tipo. Personajes cercanos a Bolsonaro han estado difundiendo esa misma clase de teorías, incluyendo a su propio hijo, quien hace poco fue vinculado a una organización criminal dedicada a la producción de noticias falsas en Brasil.

El objetivo de aquellas noticias falsas y teorías conspirativas no es convencernos de que el coronavirus está relacionado con las antenas 5G, o de que Bill Gates lidera ese plan, o que se trató de un arma biológica china fuera de control. El objetivo es más bien abrumarnos con tantas posibles explicaciones, que a la final renunciemos al agotador esfuerzo de recopilar la información necesaria para contrastarlas y establecer su factibilidad. Al final, si no estamos seguros de las causas del problema es poco probable que tomemos las medidas requeridas para erradicarlas, ni para que quienes se lucraron de ellas sean quienes paguen, en lugar de nosotros, los costos económicos y humanos de la crisis resultante.

Toda esta campaña de propaganda pretende encubrir los tres factores que convergen en la configuración de la nueva pandemia. Primero, un sistema económico que incentiva y permite a los grandes capitales evadir las consecuencias sociales y ambientales de sus actividades. Segundo, unos monopolios que maximizan sus ganancias a costa de la salud y del bienestar del conjunto de la especie humana, depredando la naturaleza hasta el punto de amenazar incluso su supervivencia. Y una cultura, de la cual participamos, que considera a la carne como método de obtención de proteína eficiente, razonable e incluso saludable, pese a la abundante evidencia científica que apunta en otra dirección.

Henos entonces aquí, tras semanas de encierro, odiando la cuarentena, padeciendo sus consecuencias y quizás esperando la milagrosa desaparición del virus. Olvidamos que la misma evidencia que permitió predecir la aparición del Covid-19 nos indica que, no bien empecemos a disfrutar del fin de la cuarentena causada por este, tendremos que prepararnos para una nueva, generada por un ‘Covid-21’ u otro virus del mismo tipo —¿quizás el G4, apenas descubierto?— o por una superbacteria, fruto de los mismos factores que desencadenaron la pandemia que padecemos ahora, factores sobre los cuales no hemos hecho absolutamente nada. Evitar que lo que vivimos ahora sea la “nueva normalidad” que caracteriza el resto de nuestras vidas, las de nuestros hijos y de las próximas generaciones —en el caso de que las haya—, requiere que enfrentemos los hechos y que emprendamos los cambios necesarios, radicales pero completamente posibles, tanto en el ámbito individual como en el colectivo.

 

*Jorge Enrique Forero es sociólogo de la Universidad Nacional y doctor en Estudios Políticos y Sociales por la Universidad de Kassel, Alemania. Autor de ‘Economía política del paramilitarismo colombiano‘.
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martes, 7 de julio de 2020

DERECHO DE PETICIÓN - respuesta Secretario Jurídico Alcaldía Bucaramanga

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domingo, 5 de julio de 2020

Respuesta derecho de petición. Concejo Municipal de Bucaramanga


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viernes, 26 de junio de 2020

PLAN DE DESARROLLO respuesta Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga





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martes, 16 de junio de 2020

La politización de la pandemia, los féretros vacíos y el abismo brasileño



AUTOR
Federico Neiburg
Es profesor de Antropología en el Museo Nacional de Río de Janeiro. Es miembro de la Escuela de Ciencias Sociales del Instituto de Estudios Avanzados, Princeton.


A diferencia de Donald Trump y sus vaivenes, Jair Messias Bolsonaro avanza con su negacionismo del coronavirus. Mientras el país sigue contando muertos, la crisis institucional deteriora aún más la democracia y hace que el futuro próximo sea aún más incierto. Quizás basta un botón de muestra: mientras las bandas ligadas al delito disponen el toque de queda y la cuarentena, las milicias próximas al gobierno convocan a seguir la vida «normal» y romper el distanciamiento social.

Manaos, capital del estado de Amazonas, se convirtió en uno de los más graves focos de la actual pandemia en Brasil, lo que desmiente, entre tantas otras «teorías» que algunos repiten con obstinada irresponsabilidad, que el nuevo coronavirus que asola el planeta pierda agresividad en los climas calurosos. La ciudad está a tal punto desbordada por la enfermedad y la muerte que el alcalde apareció en la televisión llorando y pidiendo ayuda, mientras mandaba cavar fosas comunes para descargar centenas de víctimas. El día 23 de abril, cuando ya se contaban oficialmente más de 5.000 contagiados y 500 fallecidos y las unidades de terapia intensiva y los hospitales estaban desbordados, comenzó a correr en las redes sociales la versión de que se trataba de una mentira: estarían enterrando cajones vacíos para aterrorizar a la población, como parte de una conspiración que impide reabrir la economía. La noticia repercutió en los medios. Familias sumergidas en el dolor por no saber nada de sus seres queridos una vez ingresados en los hospitales corrieron a los cementerios; algunas llegaron a abrir cajones donde encontraron cadáveres infectados. ¿Algún día alguien será denunciado y responsabilizado penalmente por la crueldad y el contagio que provocó esa ola asesina que alimenta día a día el negacionismo?

La politización de la pandemia, como se sabe, está lejos de ser un fenómeno brasileño. Es tan global como la propia presencia del virus. Algunos mandatarios, como Viktor Orbán en Hungría, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Rodrigo Duterte en Filipinas, Nayib Bukele en El Salvador o Daniel Ortega en Nicaragua, dan rienda suelta a sus ya visibles impulsos autoritarios. Otros hacen equilibrio ensayando más o menos seguras o erráticas políticas de contención de la emergencia, entre el comportamiento de un virus que se desconoce y el fuego cruzado de las oposiciones, como es el caso de las democracias europeas y de varios países de América Latina, entre ellos Argentina, donde rumores de la misma naturaleza acechan al gobierno en cada cacerolazo alimentado por mentiras, como el más reciente que denunciaba un inexistente plan de liberación general de presos. Dos espacios nacionales se destacan, sin embargo. Uno es Estados Unidos, donde solo en las últimas semanas la realidad de decenas de miles de muertos y más de un millón de contagiados (y la correlación de fuerzas con los gobernadores) parece haber mitigado el negacionismo trumpista, a pesar del apoyo explícito y persistente del presidente a los grupos «libertarios» que, exhibiendo armamento pesado, reclaman a cada semana por su «derecho a trabajar», contrariando las disposiciones sanitarias. El otro es Brasil, donde el presidente, el ex-capitán Jair Messias Bolsonaro, parece haber atado como ningún otro su futuro político al del propio negacionismo. Como desde su ascenso al primer plano de la política brasileña, pero de una forma aún más radical dada la dinámica trituradora de vidas biológicas y sociales de la pandemia, el destino de Brasil pasa por el debate público acerca de la verdad y la mentira. Y también por el desarrollo en espiral de una crisis institucional que no muestra límites, creciendo de forma exponencial al mismo ritmo que la pandemia y el drama social que la acompaña.

La escena de los cajones vacíos es una más entre muchas otras. En los últimos tiempos se ha visto a Bolsonaro repetidas veces negando la importancia de la pandemia, abrazando y tosiendo en la cara de sus propios seguidores, contrariando todas las recomendaciones sanitarias, aun las de su propio gobierno –negándose incluso a respetar la disposición judicial que lo obliga a hacer público el resultado de su propio examen de coronavirus–.

Esto ha servido de estímulo a sus partidarios y ha lanzado al país a situaciones nunca vistas, como la que presenciamos días atrás en Brasilia, cuando enfermeras que participaban en un homenaje a sus 55 colegas hasta ahora fallecidas por causa del Covid-19 fueron agredidas por una banda de desaforados envueltos en la bandera nacional, que las acusaron de mentir y de vivir de los favores del Estado (para muchos, la función pública es hoy un anatema). Pero más que eso, Bolsonaro, montado en el negacionismo, amenaza cada día más explícitamente la continuidad de una democracia que ya se encuentra en ruinas. Mientras escribo estas líneas, el domingo 3 de mayo, se sabe que después de participar de una reunión con el Comando en Jefe de las Fuerzas Armadas, nuevamente ha encabezado manifestaciones en Brasilia para pedir el cierre del Supremo Tribunal Federal (STF) y del Congreso Nacional. Ha pedido la ayuda de Dios porque ha «llegado a su límite», dice que a partir de ahora pretende «gobernar sin interferencias» y declara que cuenta con «el apoyo de las Fuerzas Armadas, que están más que nunca al lado del pueblo». En las manifestaciones se vocifera contra los otros poderes de la república y también contra los medios de comunicación, incluyendo los grandes conglomerados como O Globo, O Estado de S. Paulo e Folha de S. Paulo, que tanto hicieron para que se lo eligiera. A cada semana la violencia crece, periodistas son golpeados y heridos. Por cierto, el 3 de mayo es el día de la libertad de prensa. Hace poco más de una semana Jair Messias declaró: «La Constitución soy yo». Sus partidarios responden gritando «Mito! Mito!».

El ritmo de la crisis puede hacer que cualquier análisis pierda rápidamente vigencia, pero lo cierto es que el deterioro institucional brasileño alcanza un nuevo nivel a cada día, en una espiral de conflictos que se multiplican. A la emergencia sanitaria y social provocada por la pandemia se ha sumado el recambio de dos ministros claves. Primero fue el de Salud: Luiz Henrique Mandetta, médico de formación, fue un diputado que se desempeñó como figura oscura en el Congreso durante años y que asumió como ministro con el compromiso explícito de velar por los intereses de la medicina privada. Su único pecado frente a su jefe y sus seguidores fue creer en la existencia del virus y proponer las más elementales medidas que recomienda la epidemiología, como el aislamiento. Segundo, y más importante aún, fue el titular de Justicia: el ex-juez Sérgio Moro fue uno de los protagonistas centrales de la actual deriva desde el momento en que juzgó y condenó al ex-presidente Luiz Inácio Lula da Silva (principal adversario de Bolsonaro en las elecciones de 2018), en un proceso que se encuentra aún sujeto a innumerables cuestionamientos legales. La naturalización de la transformación de Moro en ministro de justicia de un gobierno que solo existe como resultado de su propio accionar anterior como juez ha sido, sin duda, uno de los pasos más graves hacia el actual abismo brasileño.



La ruptura entre Moro y Bolsonaro posee un enorme significado. Ha tenido el efecto de aislar al presidente de sectores de las clases medias urbanas y de los grandes medios de comunicación que lo apoyaron en su supuesto combate contra la corrupción, el populismo chavista, el comunismo chino y todos los epítetos que la derecha radical ha venido usando en su cruzada antiliberal y antidemocrática a escala global y con epicentro en Estados Unidos. Tras dimitir, el 24 de abril, Moro llamó a una conferencia de prensa en la que formuló denuncias de extrema gravedad, infinitamente más comprometedoras que las que llevaron al impeachment de dos de los presidentes electos desde el restablecimiento de la democracia: Fernando Collor de Mello en 1992 y Dilma Rousseff en 2016. La más delicada: interferir en investigaciones conducidas por la Policía Federal (Policía Judicial en Brasil) que involucran al círculo íntimo de Bolsonaro, incluyendo a sus hijos, en prácticas de corrupción y en una vasta red de criminalidad que incluye a grupos paramilitares (conocidos como «milicias»), entre los cuales se cuentan los asesinos de la concejala Marielle Franco. El STF ordenó la apertura de investigaciones. Moro pasó el sábado 2 de mayo más de ocho horas prestando declaración en la sede de la Policía Federal en Curitiba, en el mismo edificio donde Lula da Silva cumplió pena por casi dos años. El ex-juez y ex-ministro se encuentra frente a un dilema: si no confirma sus acusaciones, podrá ser incriminado por calumnias e injurias contra Bolsonaro; si las confirma y ofrece pruebas, llevará la crisis a niveles hasta ahora no imaginados, amenazando con el impeachment del presidente, al tiempo que él mismo corre riesgo de quedar imputado por encubrimiento, pues se trata de delitos cometidos durante el año y medio que sirvió a su jefe. No obstante, mas allá de toda especulación, parece difícil que algo decisivo surja de ese imbroglio que moviliza al Poder Judicial, al Ministerio Público y a la Policía Federal, embarrados hasta el cuello en la desintegración institucional que ha llevado al país al dramático presente.

Al contrario de lo que cierto optimismo progresista anuncia a cada semana en que la crisis se agrava, y a pesar de que cualquier predicción puede caer en el vacío, cuesta creer que estemos cerca del fin del gobierno de Bolsonaro. Según las últimas encuestas, cuenta con el apoyo de algo más de 30% del electorado, y alrededor de 50% no cree que deba renunciar ni ser destituido. Luego de la ruptura con Moro, el ex-capitán se ha apresurado a negociar cargos a cambio de apoyo en el Congreso con los diputados del llamado centrão, representantes de lo que él denunciaba como «vieja política». Nombró como sustituto de Moro al abogado André Mendonça, fuerte candidato a integrar la Corte Suprema (en noviembre se abrirá un lugar por la jubilación del decano de sus miembros). Mendonça es pastor de la Iglesia Presbiteriana Esperanza, una figura reconocida en la articulación del poderoso «evangelismo jurídico» que ha actuado tan efectivamente en los últimos largos años en Brasil. Al asumir, Mendonça se refirió a Jair Messias como «profeta». A su vez, el ex-capitán no ha dudado en referirse a Moro como «un nuevo Judas».

Hay varios otros pastores en el actual gobierno. Tal vez la más destacada (y extremadamente popular) sea la ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, Damares Alves, una figura fuerte del campo pentecostal, integrante de la Iglesia Baptista de Lagoinha. Esa presencia da continuidad a una de las principales fuentes de sustentación del actual régimen: el movimiento político y cultural que ha venido gestándose hace décadas en torno de las constelaciones evangélicas. En la actual emergencia, esas redes se han revelado cruciales para mantener conectividad con las poblaciones más pobres, sobre todo de las grandes ciudades, conteniendo emocionalmente y materialmente a sus fieles y vecinos, inclusive repartiendo canastas de alimentos básicos. Son estas redes también las que nutren el discurso negacionista con argumentos que hasta el momento se muestran impenetrables para las fuerzas progresistas: a pesar de la enorme subnotificación, se sabe que la pandemia ha provocado hasta ahora más de 7.000 muertes y más de 100.000 infectados, mientras que solo el año pasado se perdieron más de 50.000 vidas por armas de fuego. La convivencia con la muerte posee una profundidad histórica aterradora en Brasil, último país del planeta en abolir la esclavitud a finales del siglo XIX y acostumbrado a convivir con enormes indicadores de miseria y desigualdad. Para los habitantes de las periferias, de las favelas y del interior rural, así como para los indígenas de la Amazonía, la relación con la muerte, la convivencia próxima con cadáveres, es algo natural que nada tiene que ver con la indiferencia sino con la necesidad de dar sentido a la vida que es preciso seguir viviendo a pesar del dolor de las pérdidas queridas.

Bolsonaro cuenta aún con su ministro de Economía, Paulo Guedes, quien le ha servido hasta ahora como canal de legitimación frente a los sectores más concentrados del capital financiero. Guedes, un Chicago boy de segunda categoría, asesor secundario del gobierno de Augusto Pinochet en Chile, ha visto frustrada su agenda de reformas con el advenimiento de la pandemia. Hoy se ha transformado en un espectro de sí mismo; algunos apuestan a su próxima caída. El presidente ya amenazó con relegarlo a un segundo lugar, anunciando que el comando del nuevo «Plan Marshall» estaría a cargo del general Walter Souza Braga Netto, actual jefe de gabinete. El plan Pró Brasil, anunciado con bombos y platillos dos días antes de la caída de Moro, es hasta ahora un instrumento vacío, pero podrá ser reactivado por la fuerza de la crisis, la inmovilidad y la inviabilidad de la agenda de Guedes.

De todos modos, lo cierto es que otro de los principales apoyos de Bolsonaro continúa siendo, y cada vez con más fuerza, el de los generales y oficiales de las Fuerzas Armadas. Una buena parte de su gabinete está formado por militares retirados y en actividad; en el segundo escalón (directores, secretarios, gerentes de empresas públicas), los miembros castrenses se cuentan por centenas. Un general fue nombrado en una función hasta entonces inexistente: la de asesor especial del presidente del STF, con el que ahora, paradójicamente, Bolsonaro parece estar en guerra abierta. El ex-capitán construyó buena parte de su carrera política con apoyo de la masa de suboficiales y de miembros de las fuerzas de seguridad. Los generales no se han pronunciado en contra de sus declaraciones a favor de disolver los demás poderes de la república, o cuando lo han hecho es para manifestar un genérico credo democrático. El recientemente fallecido filósofo Ruy Fausto sostuvo con razón que no se trata de predecir cuando ocurrirá la quiebra institucional en el Brasil, pues esta ya ha sucedido.

Antes de la pandemia (hoy parece hace un siglo), Brasil ya vivía en la emergencia: años de devastación económica, millones de desempleados, incendios criminales en la Amazonía, una política ambiental de apertura total al extractivismo y el agronegocio, asesinatos de líderes indígenas y de movimientos sociales, desmantelamiento de la salud pública, de la educación y de la ciencia, ausencia del Estado en zonas enteras de las grandes ciudades, con consecuencias directas en las condiciones de hacinamiento y de falta de higiene que hoy se ven en carne viva en el descontrol del nuevo coronavirus. Las favelas y las periferias viven a merced de bandas armadas, traficantes, milicianos, policías. Sus conflictos ganan hoy nuevos contornos: en Río de Janeiro, por ejemplo, las gangs ligadas a los comercios ilegales disponen el toque de queda y la cuarentena; las milicias próximas al gobierno, por el contrario, mandan a salir de casa y a seguir la vida «normal».

La lógica de guerra que la pandemia refuerza (incluso metonímicamente, ya que se declara que estamos en guerra contra un virus) alimenta la que siempre fue la forma de hacer política de Bolsonaro y sus adeptos, y refuerza sus propias posiciones en el enfrentamiento contra enemigos irreconciliables, no adversarios. No es casualidad que parezcan resonar aires enrarecidos de la Europa de los años 1930 en este siglo XXI pandémico y tropical. Eso tiene consecuencias enormes para los progresistas, ya que todas sus banderas parecen secuestradas: el 1º de Mayo, por ejemplo, se terminó transformando, en Brasil, en una jornada en la que se reivindicó el derecho al trabajo… contra la cuarentena.

Las fuerzas democráticas, hasta ahora dispersas y mareadas por la vorágine de una sucesión de derrotas, se encuentran frente a una encrucijada de dimensiones enormes si quieren poner freno al actual proceso autoritario que genera aún más desigualdad, exclusión y pobreza: mientras trabajan febrilmente en el Parlamento y en algunos gobiernos provinciales para minimizar los efectos trágicos de la emergencia sanitaria y económica, deben descubrir formas de crear una suerte de frente amplio antifascista y, sobre todo, fundar nuevas formas de hacer política, disputar los límites entre la verdad y la mentira e implementar maneras de intervenir en espacios públicos que necesariamente deben aún ser organizados. Es difícil prever cómo el campo progresista podrá salir del actual embrollo. Todo indica que será una tarea para los más jóvenes. Allí, en la acción de las nuevas generaciones, se pondrá a prueba la profundidad de las transformaciones que hicieron creer que Brasil, después de 1988, se encontraba en un camino de democratización social y política que ahora ha demostrado toda su dramática precariedad. Mientras tanto, Bolsonaro y la crisis política que él mismo alimenta parecen lograr la proeza de relegar a segundo plano del debate público el drama de la actual pandemia, que acumula en una curva casi vertical muerte y pobreza.
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